Los domingos

Los domingos

Son, por antonomasia, desiertos, cajas huecas, agujeros, escaleras que bajan, botellas rotas. En El Molino cambian, claro, igual que todo cambia en El Molino. Las moscas siguen siendo moscas, el tiempo flúor, la cerveza es cerveza. Por respetar los hábitos más clásicos, toca paella. Por respetar la crónica verdísima, Marta nos habla de hipomeas purpúreas. Pipas, gintonics, todo eso. Los del amor, hablando del amor. Los del dinero, del dinero. Los de la contrarréplica, en su sitio. Los de aquello, en aquello. Los del fútbol no están, qué cosas raras. Se acaba el vino. Hay que bajar al bar de Elena. La hipomea se cierra. Se cae el sol.

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Así que pasen cinco entradas

Así que pasen cinco entradas

Gonzalo me lleva cinco de ventaja, pero no tengo la glándula de la competitividad. Soy de digestiones lentas y, además, en El Molino no hay tiempo, o, mejor dicho, el tiempo es como en la literatura: ininterrumpidamente dúctil. Hace unos años me encontré una nota en una nevera: “No hay nada más placentero que tener una casa a la que puedan venir a descansar los amigos” Más que una nota me pareció un reto inalcanzable: una-casa-a-la-que-los-amigos-puedan… Pocos meses después apareció El Molino. No sucede lo que no sueñas. De paso entre Nairobi y Santander vino René, magíster molinero, a saludar, o huyendo de todos esos elefantes. O para ayudarme a corear las dos normas de este sitio. - Aquí todo es de todos - Es obligatorio hacer sin parar lo que te dé la gana. Disfruto mucho viéndolos a todos abducidos. Nadie quiere salir de aquí; incluso el coche de Zoe se apretó en un barranco resistiéndose a la civilización. Preparar comidas y cenas es una danza de once personas compenetradas. Ahora mismo Eva, Celia, Maria José y Pilar pelan patatas y cebollas llorando y riendo al compás. En este rincón, donde damos clase –Gonzalo de poesía y yo de narrativa-, huele a limón, a azahar y a lavanda.

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La risa de noche

La risa de noche

No sé bien si hay una risa de noche y otra de día. Zoe está leyendo "Cumbres borrascosas", de Emily Brontë. María José, "Una forma de vida", de Amélie Nothomb. Celia, "Altazor", de Huidobro. Pilar, "El abuelo de cien años que se escapó por la ventana", de Jonas Jonasson, en ebook. Eva, "La vida instrucciones de uso", de Perec. Marta, uno de Svetislav Basara. No recuerda el título. Yo me asomo a "Las partículas elementales", de Houellebecq. Inglaterra, Francia, Chile, Suecia, Francia, Serbia, Francia. Zoe es de La Joyosa, Zaragoza. María José de Vigo. Celia, de Salamanca. Pilar, de Pietas, El Frasno, Zaragoza. Eva, más Zaragoza. Marta, de Bratislava.Yo vengo de Madrid. Nos queda claro que el lugar de procedencia no afecta a las preferencias literarias. Y que el humor es internacional. Esta noche en El Molino hemos pasado tres horas riendo sin parar. La ensalada la ha preparado Pilar. Hemos visto a las hermanas Goggi bailar estrepitosamente. . La risa es otra forma de diálogo.

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El diálogo

El diálogo

Esta mañana hemos comenzado los cursos de narrativa y poesía. Marta domina los espacios de la pedagogía. Habla despacio, dulcemente, como quien sopla sobre el fuego. Desgrana la materia literaria. Apunta. Dice. Ve. Dispara. Después, brisa mediante, lejos del sol, debajo de la parra, toca hablar de poesía, sobre poesía, en la poesía. Vallejo, Huidobro, Celan, Lihn.

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La comunicación

La comunicación

Al principio se camina muy lentamente, como si todo alrededor fuera únicamente oscuridad. Luego aparece una fisura, una grieta, y es posible el vislumbre. Vislumbramos un porvenir concreto, y allá vamos. Tal vez el acto de abandonar la oscuridad valga más por sí mismo que por lo que termina suponiendo. La paz de este Molino está, tal vez, en esa ausencia de momento posterior. "La vida como proyecto manifiesta el lado practicista, utilitario del racionalismo que quiere hacer algo a toda costa con la vida", según María Zambrano. En El Molino basta con estar.

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